Se revolvió en el asiento contorsionándose, buscando ideas. El papel en blanco frente a la mesa comenzaba a exasperarla cada 15 segundos aproximadamente. No conseguía poner nada.
Levantándose muy enfadada dio un portazo (con cuidado de no romper la puerta), lo justo para ser escuchada.
En fin.
•
- Tomad. Poned cinco cosas que queréis llevar al viaje. - Pandora les entregó un folio y un bolígrafo a cada uno de los viajeros, que se encontraban sentados en torno a la mesa del comedor.
- ¿Cinco cosas, SOLO? - Lestat se debatía entre la colección de discos de Pipo el dinosaurio y el calendario de Madonna.
- La colección de discos de Pipo el Dinosaurio, cuentan como varias cosas.
- No es cierto. Es una cosa, no sabes contar.
- Son varias, porque son varios discos.
- Vale mamá, lo recordaré en adelante. - Lestat pensaba en vengarse. Tachó de su lista provisional “Discos de Pipo”
- ¿Entonces solo se puede llevar un zapato? - Amadeo levantó la mano cual colegial. Todos rieron ante la pregunta inocente.
Pandora se acercó despacio, cogió el bolígrafo de su mano y puso en su folio: No se incluyen cosas de primera necesidad.
- Ropa incluida.
- Estas siendo un poco dictatorial. – Marius intervino algo lento de reflejos. – La posición que tienes ante las maletas es un tanto…
- ¡Ay! Cállate Marius. Luego aguantas tú al niño dando vueltas porque se ha dejado el mp3.
- Claro. Así empiezan todas las discusiones.
- Yo no estoy discutiendo.
- No, claro, soy el que está discutiendo.
- Solo te digo que pongas cinco cosas en un folio, ¿Es muy difícil para ti?
- No es el fin de la dificultad, sino la especificación que me pides.
- ¿No puedes hacerlo?
- Si puedo, pero…
- Pero no quieres.
- No he dicho eso.
- No ha hecho falta.
- Creo que me estoy perdiendo… - Lestat se levantó y le puso en la mano el folio con las cinco cosas. Uno a uno, fueron entregándole también los papeles escritos a Pandora.
- Nos vamos a ver la tele un rato. – Nicolás abrió la puerta y salió con Amadeo escuchando de fondo jarrones, mesas, sillas y demás mobiliario rompible.
•
Música de final.
La lista de cinco cosas se convirtió en unas treinta y siete de Lestat. Una de Amadeo, Una de Nicolás. Cuatro de Louis. Ninguna de Pandora. Ninguna de Marius...
No les dio tiempo.
domingo, 17 de mayo de 2009
lunes, 4 de mayo de 2009
El cambio siempre es necesario
- Y, ¿cómo se vive en Europa?- preguntó una noche Sybelle sin dejar de tocar La Appassionata, mirando a Armand.
- Es un lugar muy agradable, y con unas costumbres y tradiciones diferentes a las de América.
El joven y dinámico Benji dejó su tabaco y también se quedó mirando a mi inmortal ángel:
- Dybbuk, ¿extrañas el Viejo Mundo?
Aparté mi mirada del lienzo en el que me encontraba pintando a una joven de rubia cabellera y la fijé en el ser de los cabellos rojizos más hermosos del mundo conocido.
Al principio su expresion se quedó pensativa e inconscientemente giró sus oscuros ojos para encontrarse con los míos, antes de volver a dirigirlos hasta los de Benji:
- ¿Existe algo que no añore en esta, mi existencia? Por supuesto que extraño el Viejo Mundo.- comenzó con voz suave, como si de un cuento se tratase.- Las calles de París, con su lluvia y el acento de sus gentes; el frío del Norte, con la rudeza de su vida; e Italia...
Aquella frase en el aire, sin terminar, se clavó en el fondo de mi ser con fuerza, como si hubiera sido dicha por aquellos labios solo con el mero sentido de hacerme sentir así.
El amanecer hizo presencia anunciando un nuevo día y todos nos retiramos dejando esa pequeña conversacion flotando en el salón, deseando volver a ser retomada:
- Pandora, ¿te gustaría viajar?- pregunté sin rodeos abrazando su suave cuerpo desnudo tras el acto sexual.
- ¿Viajar? ¿A dónde quieres ir?
- Hace demasiado tiempo que no vamos a la vieja Europa.
Mi compañera se incorporó lo suficiente para mirarme a los ojos enarcando una ceja:
- ¿A qué viene de pronto esa repentina añoranza por la Vieja Patria?-preguntó seriamente.- ¿No tendrá que ver cierto adolescente con ell...?
Acallé esas mundanas palabras con un beso antes de acariciar su oscuro cabello cortando el beso y sumergiendome en sus ojos chocolate con aquellos destellos dorados tan preciados:
- No iremos a Italia si eso te disgusta, demasiados recuerdos, estaba loco. Irémos a la antigua Hispania, recorreremos Sevilla, Barcelona y respiraremos Madrid.
Sybelle decidió no venir con nosotros, argumentando que no soportaría el calor; Benji se negó a separarse de Sybelle; y mi preciosa y delicada Bianca declinó su respuesta y decidió que necesitaba acostumbrarse mejor a vivir en mi casa antes de un nuevo viaje.
Parecía que sería un viaje, aunque arriesgado (vivir durante un tiempo acompañado por Pandora y Armand es como tener una bomba de relojería), inolvidable, tranquilo y reparador. Pero los rumores entre la comunidad vampírica se expanden rápidamente.
Sócrates afirmaba que la virtud no era enseñable ni transferible. ¿La paciencia es una virtud? Deseo que no lo sea. Un pequeño grupo de Inmortales nos dirigimos hacia España. Un grupo compuesto por un cantante de rock, un violinista, un enamorado de una niña fantasma, una hija de los milenios, un ángel de alas negras... y yo, un rubio romano lo bastante loco como para haber propuesto este viaje.
- Es un lugar muy agradable, y con unas costumbres y tradiciones diferentes a las de América.
El joven y dinámico Benji dejó su tabaco y también se quedó mirando a mi inmortal ángel:
- Dybbuk, ¿extrañas el Viejo Mundo?
Aparté mi mirada del lienzo en el que me encontraba pintando a una joven de rubia cabellera y la fijé en el ser de los cabellos rojizos más hermosos del mundo conocido.
Al principio su expresion se quedó pensativa e inconscientemente giró sus oscuros ojos para encontrarse con los míos, antes de volver a dirigirlos hasta los de Benji:
- ¿Existe algo que no añore en esta, mi existencia? Por supuesto que extraño el Viejo Mundo.- comenzó con voz suave, como si de un cuento se tratase.- Las calles de París, con su lluvia y el acento de sus gentes; el frío del Norte, con la rudeza de su vida; e Italia...
Aquella frase en el aire, sin terminar, se clavó en el fondo de mi ser con fuerza, como si hubiera sido dicha por aquellos labios solo con el mero sentido de hacerme sentir así.
El amanecer hizo presencia anunciando un nuevo día y todos nos retiramos dejando esa pequeña conversacion flotando en el salón, deseando volver a ser retomada:
- Pandora, ¿te gustaría viajar?- pregunté sin rodeos abrazando su suave cuerpo desnudo tras el acto sexual.
- ¿Viajar? ¿A dónde quieres ir?
- Hace demasiado tiempo que no vamos a la vieja Europa.
Mi compañera se incorporó lo suficiente para mirarme a los ojos enarcando una ceja:
- ¿A qué viene de pronto esa repentina añoranza por la Vieja Patria?-preguntó seriamente.- ¿No tendrá que ver cierto adolescente con ell...?
Acallé esas mundanas palabras con un beso antes de acariciar su oscuro cabello cortando el beso y sumergiendome en sus ojos chocolate con aquellos destellos dorados tan preciados:
- No iremos a Italia si eso te disgusta, demasiados recuerdos, estaba loco. Irémos a la antigua Hispania, recorreremos Sevilla, Barcelona y respiraremos Madrid.
Sybelle decidió no venir con nosotros, argumentando que no soportaría el calor; Benji se negó a separarse de Sybelle; y mi preciosa y delicada Bianca declinó su respuesta y decidió que necesitaba acostumbrarse mejor a vivir en mi casa antes de un nuevo viaje.
Parecía que sería un viaje, aunque arriesgado (vivir durante un tiempo acompañado por Pandora y Armand es como tener una bomba de relojería), inolvidable, tranquilo y reparador. Pero los rumores entre la comunidad vampírica se expanden rápidamente.
Sócrates afirmaba que la virtud no era enseñable ni transferible. ¿La paciencia es una virtud? Deseo que no lo sea. Un pequeño grupo de Inmortales nos dirigimos hacia España. Un grupo compuesto por un cantante de rock, un violinista, un enamorado de una niña fantasma, una hija de los milenios, un ángel de alas negras... y yo, un rubio romano lo bastante loco como para haber propuesto este viaje.
sábado, 25 de abril de 2009
Pandora...
Su mano repasó el suave algodón tensado, dibujó con sus ganas cada milímetro y con destreza colocó en su sitio la almohada. Increiblemente, un aroma a antigüedad inundó sus sentidos.
La oscuridad sufrió pensada. Quiso tocar el azabache de su pelo con destreza; ella no lo permitió. La luz inaudible de la lámpara volvio loca a la negrura aplastante, quería dormir. Tan a su pesar seguía pensando. No paraba de pensar y no dejaría de hacerlo. NUNCA.
Lo que ella empezó a considerar como tiempo, se habia convertido en una trivialidad, no deseaba que existiera, y aunque así fuera sido, nunca habría malinterpretado su significado. Era tan tarde que jamás volvería a su estado natural. Su naturaleza humana había muerto y el único resquicio que de ella le quedaba se encontraba a cinco metros, promulgando pasajes de su biblia pecaminosa, enroscando su lengua trémula y maldita bien hablada en los ojos de un joven trepador.
Había muerto su inquietante maldad, y aún sin embargo, quería continuar matándole. Una y otra vez.
Aligerando su peso continuó haciendo la cama, esperando que por casualidad algún día podría hundirse entre sus sábanas y desaparecer, como quien hace un truco de magia. Desvanecerse entre el blanco lino y el rojo terciopelo.
Suspiró.
Escuchaba las voces de la habitación de ÉL. Desesperante. De tanto dolor a veces se maltrataba. Ninguna parte de su cuerpo hablaba del tema. Simplemente se dejaba huir, cada herida era sanada, cada yaga curada; su corazón estaba maltrecho. No les importaba. Al menos a él no.
Maldito el día que quiso contentarle, fue estúpida. ¡Como pudo serlo!
No se dió cuenta en lo que se metía. Nunca fue feliz, pero nunca quiso serlo así. No de esta manera, y siendo lo que ahora era. La otra, la amante, la despechada. La tonta del culebrón, la asqueada, la madrastra, la malinterpretadora de frases, la interruptora. Esa, aquella, ésta, la de aqui, la de allá...
Alguien que no era y que nunca será.
No paraban de hablar. Ella tenía ganas de mandarles callar. Apretó con fuerza sus uñas contra la carne. Dolía, pero no quería parar, mantenerse en sus trece, podía superarlo, podía hacerlo.
Unas lágrimas corrieron sus mejillas. Lloraba de impotencia y de soledad. Se limpió con un pañuelo rápida, sin dejar que formaran un cerco de sangre en sus ojos.
No, su compañía a veces no servía para nada. Nombre de sus desdichas y hombre de su corazón apenas compartía fibras y algodón. Pocos metros cuadrados donde el amor flotaba en el otro cuarto, no en este.
Dió un respingo cuando escuchó el sonido de la puerta al abrirse, el susurro en el viento de sus pasos...
Estaba tan enamorada que lo sentía, hasta por la pequeña brisa del movimiento de sus manos cuando habla, manifestándose en contra de la timidez y la quietud. Incluso el magnífico sonido de los botones de su chaqueta.
Podía no disculparse ante la vida, de haber cometido errores y de haber perseguido un sueño eternamente, pero sin duda le daba gracias por la extensión de su brazo intrínseco; aquel que le permitía sentir, ver, tocar, probar, morder y bailar lo inmortal del plano del universo. Incluso llegar a pensar que la curva de su dedo meñique era superior al de cualquiera. O deducir tras mil relaciones de teoremas matemáticos, el grado de inclinación de su cabeza mientras lee Horacio.
Habia vuelto a perder la cabeza. Estaba tan al borde del éxtasis que todo lo pensado se convirtió en nube y voló sin rumbo presto de la lluvia.
- Pandora...
La oscuridad sufrió pensada. Quiso tocar el azabache de su pelo con destreza; ella no lo permitió. La luz inaudible de la lámpara volvio loca a la negrura aplastante, quería dormir. Tan a su pesar seguía pensando. No paraba de pensar y no dejaría de hacerlo. NUNCA.
Lo que ella empezó a considerar como tiempo, se habia convertido en una trivialidad, no deseaba que existiera, y aunque así fuera sido, nunca habría malinterpretado su significado. Era tan tarde que jamás volvería a su estado natural. Su naturaleza humana había muerto y el único resquicio que de ella le quedaba se encontraba a cinco metros, promulgando pasajes de su biblia pecaminosa, enroscando su lengua trémula y maldita bien hablada en los ojos de un joven trepador.
Había muerto su inquietante maldad, y aún sin embargo, quería continuar matándole. Una y otra vez.
Aligerando su peso continuó haciendo la cama, esperando que por casualidad algún día podría hundirse entre sus sábanas y desaparecer, como quien hace un truco de magia. Desvanecerse entre el blanco lino y el rojo terciopelo.
Suspiró.
Escuchaba las voces de la habitación de ÉL. Desesperante. De tanto dolor a veces se maltrataba. Ninguna parte de su cuerpo hablaba del tema. Simplemente se dejaba huir, cada herida era sanada, cada yaga curada; su corazón estaba maltrecho. No les importaba. Al menos a él no.
Maldito el día que quiso contentarle, fue estúpida. ¡Como pudo serlo!
No se dió cuenta en lo que se metía. Nunca fue feliz, pero nunca quiso serlo así. No de esta manera, y siendo lo que ahora era. La otra, la amante, la despechada. La tonta del culebrón, la asqueada, la madrastra, la malinterpretadora de frases, la interruptora. Esa, aquella, ésta, la de aqui, la de allá...
Alguien que no era y que nunca será.
No paraban de hablar. Ella tenía ganas de mandarles callar. Apretó con fuerza sus uñas contra la carne. Dolía, pero no quería parar, mantenerse en sus trece, podía superarlo, podía hacerlo.
Unas lágrimas corrieron sus mejillas. Lloraba de impotencia y de soledad. Se limpió con un pañuelo rápida, sin dejar que formaran un cerco de sangre en sus ojos.
No, su compañía a veces no servía para nada. Nombre de sus desdichas y hombre de su corazón apenas compartía fibras y algodón. Pocos metros cuadrados donde el amor flotaba en el otro cuarto, no en este.
Dió un respingo cuando escuchó el sonido de la puerta al abrirse, el susurro en el viento de sus pasos...
Estaba tan enamorada que lo sentía, hasta por la pequeña brisa del movimiento de sus manos cuando habla, manifestándose en contra de la timidez y la quietud. Incluso el magnífico sonido de los botones de su chaqueta.
Podía no disculparse ante la vida, de haber cometido errores y de haber perseguido un sueño eternamente, pero sin duda le daba gracias por la extensión de su brazo intrínseco; aquel que le permitía sentir, ver, tocar, probar, morder y bailar lo inmortal del plano del universo. Incluso llegar a pensar que la curva de su dedo meñique era superior al de cualquiera. O deducir tras mil relaciones de teoremas matemáticos, el grado de inclinación de su cabeza mientras lee Horacio.
Habia vuelto a perder la cabeza. Estaba tan al borde del éxtasis que todo lo pensado se convirtió en nube y voló sin rumbo presto de la lluvia.
- Pandora...
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