Ángel de coloridas alas, demonio con aureola celestial, ¿recuerdas la noche en que me arrebataste el alma?
¿No te atormentan en tus descansos esas palabras que me hicieron merecedor de algo peor que la muerte?
¿Las recuerdas?
Yo te refrescaré la memoria, dulce querubín de rojizos cabellos
Tú, que has gozado de la máxima plenitud de tu condición angelical, simplemente porque ahora tus alas estén atrapadas en el lodo y te impiden volar, ¿te crees con el derecho divino de juzgar a tus semejantes y someterlos bajo tu aplastante yugo?
Eres un cobarde, incapaz de romper los barrotes de tu férrea cárcel, matando lentamente tu tiempo mientras gritas hasta hacerte sangrar la garganta, siendo solo contestado por tu propio eco
Sigues siendo un mero niño, que aguantas estóicamente el suplicio de ver tu alma abandonada entre frías piedras, que poco a poco, entre el invierno y la tempestad, va helando tu verdadero ser, hasta que llegue un momento en que, cual masa de hielo, se romperá en millones de fragmentos y no serás nada
Y te mientes a ti mismo cuando finges creer que esa dorada pintura, que adorna tus normas e historias, es valioso oro. Porque realmente sabes que es mera madera podrida que poco a poco va carcomiendo tu mente
Lo único que haces es cerrar los ojos ante la maldad que ante tí se extiende y te va hundiendo cada vez más deprisa. Pero, egoísta de tí, te crees dueño y señor de ella, y en vez de aferrarte a las manos que te sacarían de esta agonía, arrancas miembros y sobre los cuerpos que el fango engulle, descansas
Solo eres un pobre ángel con las alas rotas, asustado entre un montón de demonios, buscando con la mirada a tu Dios, un Dios que te desterró hace tiempo
Yo no logro saber que pasó después, mis recuerdos estan confusos... solo hay retrazos de gritos, llantos, sangre... mucha sangre... y después un fuego que me comía desde dentro de mi ser
Sé que hubo muchos nombres en el aire, como Monstruo, Demonio, Ángel, Dios, Música, Violín... Lestat... Armand...
Ángel de coloridas alas, demonio de aureola celestial, ¿recuerdas la noche en que me arrebataste el alma?
sábado, 14 de agosto de 2010
viernes, 16 de octubre de 2009
Sybelle, toca La Appassionata lo más fuerte que puedas
Arrojé con fuerza el libro de “Sangre y oro” contra la pared. Sybelle se giró para mirarme con los ojos muy abiertos, y tomando a Benji de la mano, salieron del cuarto cerrando la puerta tras de si.
En cuanto me hallé solo, rompí a llorar con fuerza, abrazando uno de los almohadones contra mi pecho. Sabía que todos en la casa me estarían escuchando y que seguramente de un momento a otro entraría Bianca para intentar consolarme o Pandora para pedirme con su magnífica amabilidad que dejara de dar esos gritos, pero nada de eso sucedió. Di gracias interiormente a Sybelle por haberlas persuadido en su intento.
Me limpié un poco el rostro manchado de sangre con el dorso de mi manga y cerré los ojos tranquilizándome.
Pandora me había advertido cuando cogí el libro de Marius de la biblioteca que no debería leerlo, después también me lo dijo Bianca, luego Mael, Maharet, Khayman, Laurent… Pero había hecho oídos sordos, y en cuanto anocheció fui a mi cuarto, donde mi bella Sybelle y mi adorado Benji estaban jugando a las cartas.
Página tras página fui conociendo aquella faceta que mi maestro jamás había querido mostrarme, fui descubriendo los pequeños secretos que nunca quiso contarme, fui revelando el verdadero sentido de todas las cosas que me dijo… y pude leer con mis propios ojos que él no me había amado ni la décima parte de cómo amó a su esposa.
Yo ya lo sabía, hacía bastante tiempo en que ya me había percatado de ello, pero no había querido aceptarlo, no había sido capaz de creerlo, y cerré mis ojos ante aquella verdad aplastante. Pero una parte de mi necesitaba verla, palparla y aceptarla.
Un dolor lacerante estaba instalado en mi pecho. Leer aquello había sido mil veces peor que ver morir a mi creador, era peor que nada que hubiera conocido.
Yo ya sabía que para él no había sido más que uno más, también sabía que no era el único que había experimentado este dolor, sabía… demasiadas cosas. Pero nada de eso cambiaba el hecho de que a pesar de haber cesado de llorar, siguiera teniendo los ojos húmedos.
Necesitaba verle
Necesitaba que me dijera a la cara que aquello era verdad
Necesitaba que me mirara a los ojos.
Necesitaba verle.
Me levanté y salí de la habitación. En el salón estaban todos mirándome. Bianca se levantó corriendo a abrazarme, pero la rechacé y todos retiraron sus miradas intentando concederme un poco de intimidad… la necesitaba.
Caminé despacio, lento, con la cabeza gacha hasta la puerta que estaba buscando. Posé mi mano sobre el pomo y lo giré.
Marius estaba pintando, como siempre.
Llevaba su cabello dorado recogido en una suave coleta en la nuca. La bata de terciopelo rojo enmarcaba maravillosamente su cuerpo tan blanco como el invierno.
Siguió pintando como si no me hubiera escuchado, y esperó a que entrara y cerrara la puerta para girarse y dar la mínima señal de prestarme atención.
Su ojos cobaltos enmarcados en largas y rizadas pestañas se clavaron en los mios. Nunca había sido capaz de aguantarle demasiado tiempo la mirada, pero por esta vez, lo lograría:
- Amadeo
El susurro de mi nombre voló hasta mis oídos, y llegó hasta mi pecho, clavándose como la espina de una rosa, produciendo un dolor corto… pero devastador:
- Maestro, quería preguntarte…
- ¿Qué te ha parecido mi libro, Amadeo?- me cortó suavemente como si no me hubiera oído
Parpadeé varias veces y abrí la boca para contestar, sin emitir un solo sonido. Mi corazón inmortal palpitaba con fuerza y sentí mi piel enfriarse aún más de lo normal. Volví a cerrar lentamente los labios, no sabía que decirle.
- Acuéstate en la cama y quédate quieto, quiero dibujarte
Asentí y despacio caminé hasta el lecho, acomodé las almohadas y me recargué en ellas sin retirar ni por un momento mis ojos de los suyos.
- Desabróchate un poco la camisa, quiero pintar tu pecho
Levanté mis manos y obedecí, dejando que mis dedos rozaran levemente mi torso, deseando desvanecerme.
Marius sacó un nuevo lienzo, preparó los colores, y tomando uno de los pinceles comenzó a plasmarme como solía hacerlo antaño.
El tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta. Mi maestro era capaz de pintar a velocidades increíbles, y aunque solía hacerlo despacio, seguía siendo demasiado rápido para un mero mortal. Pero en esta ocasión lo hizo como cuando yo aún era un humano y no quería descubrirse. Cada pincelada, cada toma de color se movía a una lentitud desesperante, disfrutando de mi falta de paciencia, como había hecho siempre.
Miles de recuerdos acudieron a mi mente. Demasiadas veces había estado en aquella misma situación. Eché en falta sus sonrisas y guiños, sus “No te muevas, Amadeo”… eché en falta Venecia, eché en falta demasiadas cosas.
De pronto Marius se separó del caballete y rápidamente se colocó a mi lado. Había estado tan absorto en su mirada que me sobresalté. Sentí sus labios sobre mis ojos. Había empezado a llorar de nuevo sin que me percatara de ello.
Aquellos labios, tras besar mis ojos mojados, tras lamer el rastro de mis lágrimas, volaron a mis labios y atraparon mis suspiros. Mis manos se enredaron en sus lacios cabellos, y las suyas agarraron con fuerza mi cadera haciendo que nuestros cuerpos chocaran.
No ofrecí resistencia alguna, no podía, necesitaba volver a sentirme el humano que recogió en un burdel y creyó que Marius era su Dios.
Me tomó como tantas veces atrás lo había hecho. Me llenó de él y acalló mis gritos con sus besos.
Me quedé dormitando en sus brazos unas horas antes de levantarme. Le besé en la mejilla y cogí su bata antes de salir. Sentí el suave terciopelo sobre cada centímetro de piel de mi cuerpo desnudo.
Al llegar al salón solo quedaba Sybelle, sentada en la banqueta del piano, esperándome. Intenté dedicarle una sonrisa, pero fui incapaz. Me senté en el suelo a su lado y apoyé mi cabeza en sus piernas mientras comenzaba a acariciar mi cabellera con dulzura, ofreciéndome todo su cariño.
Escuché como Pandora se asomó al salón y me observó durante un rato. Después se dirigió al cuarto de Marius y comenzaron a discutir acaloradamente, pero tras un silencio…
-Sybelle, toca La Appassionata lo más fuerte que puedas.- murmuré
Ella no dijo nada, pero obedeció al momento, ofreciéndome sus fuertes notas en mis oídos.
Yo ya sabía que Marius era un ser excepcional, un ser que, según él y nosotros deseábamos creer, era capaz de amar apasionadamente a varias personas, y si nosotros le amábamos, debíamos a aprender a respetarle así…
Marius hizo el amor a Pandora en el mismo lecho donde no había pasado ni un día me lo había hecho a mi. Cerré los ojos y me concentré en el piano. Lo que sucedía en la habitación de mi maestro era algo que no estaba dispuesto a escuchar.
En cuanto me hallé solo, rompí a llorar con fuerza, abrazando uno de los almohadones contra mi pecho. Sabía que todos en la casa me estarían escuchando y que seguramente de un momento a otro entraría Bianca para intentar consolarme o Pandora para pedirme con su magnífica amabilidad que dejara de dar esos gritos, pero nada de eso sucedió. Di gracias interiormente a Sybelle por haberlas persuadido en su intento.
Me limpié un poco el rostro manchado de sangre con el dorso de mi manga y cerré los ojos tranquilizándome.
Pandora me había advertido cuando cogí el libro de Marius de la biblioteca que no debería leerlo, después también me lo dijo Bianca, luego Mael, Maharet, Khayman, Laurent… Pero había hecho oídos sordos, y en cuanto anocheció fui a mi cuarto, donde mi bella Sybelle y mi adorado Benji estaban jugando a las cartas.
Página tras página fui conociendo aquella faceta que mi maestro jamás había querido mostrarme, fui descubriendo los pequeños secretos que nunca quiso contarme, fui revelando el verdadero sentido de todas las cosas que me dijo… y pude leer con mis propios ojos que él no me había amado ni la décima parte de cómo amó a su esposa.
Yo ya lo sabía, hacía bastante tiempo en que ya me había percatado de ello, pero no había querido aceptarlo, no había sido capaz de creerlo, y cerré mis ojos ante aquella verdad aplastante. Pero una parte de mi necesitaba verla, palparla y aceptarla.
Un dolor lacerante estaba instalado en mi pecho. Leer aquello había sido mil veces peor que ver morir a mi creador, era peor que nada que hubiera conocido.
Yo ya sabía que para él no había sido más que uno más, también sabía que no era el único que había experimentado este dolor, sabía… demasiadas cosas. Pero nada de eso cambiaba el hecho de que a pesar de haber cesado de llorar, siguiera teniendo los ojos húmedos.
Necesitaba verle
Necesitaba que me dijera a la cara que aquello era verdad
Necesitaba que me mirara a los ojos.
Necesitaba verle.
Me levanté y salí de la habitación. En el salón estaban todos mirándome. Bianca se levantó corriendo a abrazarme, pero la rechacé y todos retiraron sus miradas intentando concederme un poco de intimidad… la necesitaba.
Caminé despacio, lento, con la cabeza gacha hasta la puerta que estaba buscando. Posé mi mano sobre el pomo y lo giré.
Marius estaba pintando, como siempre.
Llevaba su cabello dorado recogido en una suave coleta en la nuca. La bata de terciopelo rojo enmarcaba maravillosamente su cuerpo tan blanco como el invierno.
Siguió pintando como si no me hubiera escuchado, y esperó a que entrara y cerrara la puerta para girarse y dar la mínima señal de prestarme atención.
Su ojos cobaltos enmarcados en largas y rizadas pestañas se clavaron en los mios. Nunca había sido capaz de aguantarle demasiado tiempo la mirada, pero por esta vez, lo lograría:
- Amadeo
El susurro de mi nombre voló hasta mis oídos, y llegó hasta mi pecho, clavándose como la espina de una rosa, produciendo un dolor corto… pero devastador:
- Maestro, quería preguntarte…
- ¿Qué te ha parecido mi libro, Amadeo?- me cortó suavemente como si no me hubiera oído
Parpadeé varias veces y abrí la boca para contestar, sin emitir un solo sonido. Mi corazón inmortal palpitaba con fuerza y sentí mi piel enfriarse aún más de lo normal. Volví a cerrar lentamente los labios, no sabía que decirle.
- Acuéstate en la cama y quédate quieto, quiero dibujarte
Asentí y despacio caminé hasta el lecho, acomodé las almohadas y me recargué en ellas sin retirar ni por un momento mis ojos de los suyos.
- Desabróchate un poco la camisa, quiero pintar tu pecho
Levanté mis manos y obedecí, dejando que mis dedos rozaran levemente mi torso, deseando desvanecerme.
Marius sacó un nuevo lienzo, preparó los colores, y tomando uno de los pinceles comenzó a plasmarme como solía hacerlo antaño.
El tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta. Mi maestro era capaz de pintar a velocidades increíbles, y aunque solía hacerlo despacio, seguía siendo demasiado rápido para un mero mortal. Pero en esta ocasión lo hizo como cuando yo aún era un humano y no quería descubrirse. Cada pincelada, cada toma de color se movía a una lentitud desesperante, disfrutando de mi falta de paciencia, como había hecho siempre.
Miles de recuerdos acudieron a mi mente. Demasiadas veces había estado en aquella misma situación. Eché en falta sus sonrisas y guiños, sus “No te muevas, Amadeo”… eché en falta Venecia, eché en falta demasiadas cosas.
De pronto Marius se separó del caballete y rápidamente se colocó a mi lado. Había estado tan absorto en su mirada que me sobresalté. Sentí sus labios sobre mis ojos. Había empezado a llorar de nuevo sin que me percatara de ello.
Aquellos labios, tras besar mis ojos mojados, tras lamer el rastro de mis lágrimas, volaron a mis labios y atraparon mis suspiros. Mis manos se enredaron en sus lacios cabellos, y las suyas agarraron con fuerza mi cadera haciendo que nuestros cuerpos chocaran.
No ofrecí resistencia alguna, no podía, necesitaba volver a sentirme el humano que recogió en un burdel y creyó que Marius era su Dios.
Me tomó como tantas veces atrás lo había hecho. Me llenó de él y acalló mis gritos con sus besos.
Me quedé dormitando en sus brazos unas horas antes de levantarme. Le besé en la mejilla y cogí su bata antes de salir. Sentí el suave terciopelo sobre cada centímetro de piel de mi cuerpo desnudo.
Al llegar al salón solo quedaba Sybelle, sentada en la banqueta del piano, esperándome. Intenté dedicarle una sonrisa, pero fui incapaz. Me senté en el suelo a su lado y apoyé mi cabeza en sus piernas mientras comenzaba a acariciar mi cabellera con dulzura, ofreciéndome todo su cariño.
Escuché como Pandora se asomó al salón y me observó durante un rato. Después se dirigió al cuarto de Marius y comenzaron a discutir acaloradamente, pero tras un silencio…
-Sybelle, toca La Appassionata lo más fuerte que puedas.- murmuré
Ella no dijo nada, pero obedeció al momento, ofreciéndome sus fuertes notas en mis oídos.
Yo ya sabía que Marius era un ser excepcional, un ser que, según él y nosotros deseábamos creer, era capaz de amar apasionadamente a varias personas, y si nosotros le amábamos, debíamos a aprender a respetarle así…
Marius hizo el amor a Pandora en el mismo lecho donde no había pasado ni un día me lo había hecho a mi. Cerré los ojos y me concentré en el piano. Lo que sucedía en la habitación de mi maestro era algo que no estaba dispuesto a escuchar.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Canción de Les.
"Te odio, te odio, te odio"
Es el principio de una de mis canciones favoritas. Trata de las cremas antiarrugas y de la cirujia estética.
Situaciones indiferentes que se me ocurrían mientras colgaba la banderita del muñeco de los ojos saltones y brillantes en la puerta de mi habitación.
- Es tu habitación provisional - me dijo Pandora con cara de susto cuando vió que colocaba en el techo el poster de mi último disco "Viuda en Correos".
No se me ocurre nada más que ello para hacerla rabiar. Me mira con esos ojitos degolladedos y con esos candelabros tan horteras del siglo pasado...ay! Es tan peliculera.
Pero en el fondo la quiero como una hoguera a sus muebles carbonizados.
- Deberia se ilegal ser tan borde y tan...esto...Tú! Te voy a denunciar.
- Yo no quiero ser simpática contigo, Lestat.
- Llmámame Les, querida. - Pandora se dió la vuelta y pasó de mi. Total...tenía a otros para entretenerme. - ¡Hombre, Louis!
Llevaba su maleta amarilla en brazos, como si le costase trabajo sostenerla o algo parecido. Era tan tierno verle ahi, interrumpirle el paso y hacerle soltar la maleta; observar con altivez su rostro intentando encontrarse el mio. Su voz suave reclama de mis labios y de mi presencia.
- Lestat, ¿Podrías apartarte?
- Claro Dupont, pero exijo un precio.
- ¿Cúal? - "Que tonto..." pensé.
- Un beso.
- ¿Dénde?
- ¿De verdad me estas preguntando eso Dupont?
- Point du Lac - quiso corregir.
- Dupont es más corto - Louis suspiró. Volvió a coger la maleta para entrar en el cuarto. Era fantástico que se diera la vuelta para besarme. Era hipergenial oirle masturbarse para mi. Fantasfiroso!!
Mi sonrisa lasciva se lo decía todo.
Marius, Pandora y el pequeño Armand pasaron cerca de mi. ¡Ni me miraron esos desgraciados! Solo Armand alzó un poco la ceja...pero algo es algo.
- Vuelve a la escuela niño - Repliqué - Tus ojos casi hacen daño.
Me divertí. Le saqué la lengua, el único órgano que era capaz de apreciar.
Es el principio de una de mis canciones favoritas. Trata de las cremas antiarrugas y de la cirujia estética.
Situaciones indiferentes que se me ocurrían mientras colgaba la banderita del muñeco de los ojos saltones y brillantes en la puerta de mi habitación.
- Es tu habitación provisional - me dijo Pandora con cara de susto cuando vió que colocaba en el techo el poster de mi último disco "Viuda en Correos".
No se me ocurre nada más que ello para hacerla rabiar. Me mira con esos ojitos degolladedos y con esos candelabros tan horteras del siglo pasado...ay! Es tan peliculera.
Pero en el fondo la quiero como una hoguera a sus muebles carbonizados.
- Deberia se ilegal ser tan borde y tan...esto...Tú! Te voy a denunciar.
- Yo no quiero ser simpática contigo, Lestat.
- Llmámame Les, querida. - Pandora se dió la vuelta y pasó de mi. Total...tenía a otros para entretenerme. - ¡Hombre, Louis!
Llevaba su maleta amarilla en brazos, como si le costase trabajo sostenerla o algo parecido. Era tan tierno verle ahi, interrumpirle el paso y hacerle soltar la maleta; observar con altivez su rostro intentando encontrarse el mio. Su voz suave reclama de mis labios y de mi presencia.
- Lestat, ¿Podrías apartarte?
- Claro Dupont, pero exijo un precio.
- ¿Cúal? - "Que tonto..." pensé.
- Un beso.
- ¿Dénde?
- ¿De verdad me estas preguntando eso Dupont?
- Point du Lac - quiso corregir.
- Dupont es más corto - Louis suspiró. Volvió a coger la maleta para entrar en el cuarto. Era fantástico que se diera la vuelta para besarme. Era hipergenial oirle masturbarse para mi. Fantasfiroso!!
Mi sonrisa lasciva se lo decía todo.
Marius, Pandora y el pequeño Armand pasaron cerca de mi. ¡Ni me miraron esos desgraciados! Solo Armand alzó un poco la ceja...pero algo es algo.
- Vuelve a la escuela niño - Repliqué - Tus ojos casi hacen daño.
Me divertí. Le saqué la lengua, el único órgano que era capaz de apreciar.
Ideadescabellada
Viaje España: Lestat
sábado, 12 de septiembre de 2009
Mi Lelio... mi matalobos... mi Lestat
Vale, estaba bien que hubiera accedido a irme de viaje con Lestat.
Vale, estaba bien que hubiera decidido por su cuenta que nos iríamos de viaje junto a Marius, Pandora y Armand a Europa.
Vale, estaba bien que no objetara nada y tuviera que soportar la presencia de Louis pegado a Lestat todo el tiempo.
Pero esto, esto si que no estaba bien, en absoluto.
- Hola, y buenas noches a todos. Mi nombre es Gabrielle y voy a ser vuestra azafata en este vuelo.
Desde que la madre de Lestat había visto por primera vez un avión, había quedado enamorada de estas gigantescas máquinas voladoras, y como se unió al viaje en el último momento, la única forma de que viajara con nosotros había sido desapareciendo a la azafata de primera clase (Pandora se encargó de ella) y así Gabrielle ocupar su lugar.
- Hola mamá.- exclamó Lestat agitando su mano para saludarla
- Cariño, ahora no, estoy trabajando.
Había dos cosas que tampoco me gustaban de este viaje.
La primera es que no entendía porque teníamos que viajar en un avión público, teniendo el avión privado de Lestat. Allí podríamos ser nosotros mismos, ya que sus trabajadores estaban más que acostumbrados a las excentricidades del cantante, y no pasaría nada. Pero gracias a la magnífica intervención de Marius, alegando que un viaje con humanos sería mucho más interesante, nos encontrábamos en un asqueroso avión de Iberia, que a pesar de estar en primera clase, nos rodeaban bastantes mortales, haciendo que el vuelo se tornara insufrible al tener que estar fingiendo incluso en un viaje de placer, como había nombrado Lestat.
Y la segunda, no me gustaba en absoluto como habían sido repartidos los billetes, haciendo que la colocación a la hora de sentarnos resultara, para mi y Armand, horrible. Pandora y Marius viajaban juntos, después Lestat y Louis junto a un humano y después Armand y yo. Obviamente, el pelirrojo y yo no parábamos de lanzar miradas rápidas a los otros asientos, vigilando los movimientos de nuestros compañeros .
Gabrielle terminó con su gran explicación, en la cual dedicó unos minutos en hacer publicidad a su hijo. Tras esto, había tomado con gran responsabilidad su nuevo trabajo como azafata y se ocupaba de todos los ocupantes por igual, aunque, por que ocultarlo, se pasaba cada poco a charlar con Lestat y Louis.
- ¿Quieres un poco?
Giré la cabeza, apartando la mirada de ese rubio para mirar al pelirrojo que tenía a mi lado, que me ofrecía una gelatina de sangre:
- Merci
Se encogió de hombros ofreciéndome una torpe sonrisa antes de comenzar a comerse la suya. Todos estábamos muy agradecidos a Bianca al habernos dado aquella creación suya para el viaje. Al estar frías el sabor no era muy bueno, pero la verdad es que calmaba la sed a una velocidad sorprendente.
El tiempo transcurrió despacio, como intentando deleitarnos con su transcurso siempre rápido para nosotros, excesivamente rápido, y ahora intentara que disfrutáramos de su lentitud.
Me quedé ensimismado durante bastante rato, no por el aburrimiento del viaje, si no para poder controlarme y no mirar cada dos minutos a Louis y su mano entrelazada con la de el que fue mi pareja.
Lo que me sacó de ese sopor, fue un pequeño grito por parte de Pandora. Giré y posé mi mirada en aquella antigua pareja. Nuevamente estaban discutiendo. No sabía como era su relación cotidiana, pero según Sybelle cuando nos despedimos de ella dijo que desde que se planeó este viaje discutían más que antes. Aquello estaba subiendo de volumen, y Marius al percatarse de ello decidió ponerle fin con un “Tú tenías razón” y un beso en los labios de labios de su esposa.
De pronto sentí un leve temblor en mi pierna, y me di cuenta que había sido la rodilla de Armand al moverse. Este tenía los ojos clavados en la pareja, y su mirada era inescrutable, pero por su respiración agitada pude notar su incomodidad.
- Mirarles no te aportara ningún beneficio.- dije tranquilamente
El joven inmortal me miró a los ojos y suspiró:
- Vivo con ellos, esto para mi es pura rutina diaria
Asentí y el hizo lo mismo. Creo que era lo único bueno que estaba rescatando del viaje, el poder sentarme con Armand. Ambos nos entendíamos muy bien, y a pesar de que mi vida estuvo a punto de ser destruida por su culpa, me sentía a gusto junto a él. Su compañía era muy agradable.
Levanté la mano y tomé con delicadeza una de sus ligeras ondulaciones de su suave cabello rojizo y jugueteé con ella dulcemente, mientras Armand cerraba los ojos y sonreía relajándose con la caricia.
En esos momentos costaba creer que hubiera sido el líder del Teatro:
- Si te pones el Mp3 te distraerías un poco.
- Me lo he dejado en la maleta.- murmuró abriendo los ojos
Rebusqué en mis bolsillos y saqué mi Mp4 que aquellas navidades Maharet me había obsequiado, y tras poner música clásica se lo tendí a Armand:
- Gracias Nicolas.- susurró dedicándome una sonrisa inocente mientras se colocaba los cascos mirando por la ventanilla.
Faltaba poco para el amanecer, y a pesar de que Pandora había previsto eso reservando unos asientos al final del avión donde Gabrielle había acomodado para que no penetrara ni una mínima luminosidad y pudiéramos dormir hasta el aterrizaje, me sentí un poco nervioso. Y tal vez por ese mismo nerviosismo me dediqué a mirar cautelosamente a Lestat y Louis más que antes.
He de reconocer que hacen una pareja estupenda. Ambos se complementan perfectamente.
La luz cegadora de Lestat seguía existiendo incluso con más fuerza que antaño, y Louis, a pesar de su negativa y pesimismo, poseía una cálida luz que era como un regalo del cielo que tanto amaba Lestat. En cambio yo, seguía poseyendo la misma oscuridad que buscaba con desesperación la luz del rubio y que esta no necesitaba para nada.
Desde mi regreso del más allá, como llamaban algunos, todos me habían colmado de atenciones y habían esperado pacientemente a que yo solo narrara mi historia de cómo sobreviví a las llamas y volví a la vida. En cuanto Lestat se enteró de mi vuelta, corrió a mi encuentro y me brindó todo su cariño. Pero no era como antes, ni siquiera vivíamos juntos. Pues en todo este tiempo de ausencia, Lestat había estado con mucha gente y ahora su pareja oficial era Louis, como lo había sido durante setenta años junto a Claudia.
Ahora solo me dedicaba sus besos y caricias intimas cuando por algún casual se le apetecía venir a visitarme con la excusa de escucharme tocar el violin. Ahora solo me necesitaba cuando quería placer carnal conmigo y rememorar viejos recuerdos. Para lo demás, su amante era Louis y yo solo era un viejo amigo de su época humana.
Y todo eso, que maquillaba y ocultaba fingiendo simplemente ser mi ironía y cinismo de siempre, se clavaba en mi ser como mil dagas ardientes.
Entonces me percaté de que los azules ojos de él se habían quedado posados en los mios, descubriendo mi espionaje a su animada charla con Louis. Aquellos trozos de cielo me traspasaron. Noté mis ojos humedecerse, y antes de que ningún humano viera teñirse mis mejillas de lágrimas de sangre, me levanté y lo más rápido que pude sin llamar la atención me encerré en el baño.
Me eché agua en la cara para tranquilizarme y respiré hondo, pero cuando me enderecé vi en el espejo como Lestat entraba en el cuarto y cerraba con cerrojo la puerta tras si:
- ¿No puedo tener ni un momento de intimidad en el servicio, Lestat?
- Estabas a punto de llorar
- No es cierto
- Lo es, tenías los ojos mojados
- Mentira
- Nicolas, por favor, no seas crio.- dijo mientras me asía de los hombros y me giraba para mirarnos a los ojos y no a través del reflejo del espejo
- No eres el más propicio en decir esa frase, Príncipe Malcriado
- Oh, Nicolas, por dios, ¿qué te pasa?
No pude callarme más y estalle.
- ¿Qué qué me pasa? Me pasas tú ¡Tú eres el causante de todo! ¡Por tu culpa estoy así! ¡¿Siempre tienes que ser el protagonista de todo?! De todo… de todo… ¡Estoy harto de depender de ti! ¡Qué toda mi existencia la regules tú! ¡Estoy agotado de solo pensar en ti! Ya no lo soporto más… no… no….
Y perdí el control comenzando a llorar amargamente. Ya no podía contenerme más y miles de lágrimas bajaban por mi rostro cayendo a raudales dejándome caminos rojos por mi blanquecina piel.
Odiaba llorar, mostrar mis debilidades, y más si era delante de él. Pero ahora era incapaz de contenerme. No podía parar de llorar. Intenté decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se me estrangularon en la garganta. Comencé a temblar y me abracé a mi mismo como si tuviera frio. Cerré los ojos con fuerza deseando desaparecer.
Escuché decir mi nombre varias veces, pero nada de eso pudo contener mi llanto.
- Lo siento muchísimo, mi vida, perdóname
Aquello hizo que durante unos instantes callara, para después volver todavía con más fuerza.
Era estúpido lo que hacía, yo ya había perdido mi oportunidad hacía muchos años. Le había perdido a él, y ahora le pertenecía a Louis. Lestat nunca me había necesitado, y ahora muchísimo menos. Pero eso no hacía que disminuyera mi dolor.
Entonces me acercó a él y me abrazó con fuerza, queriendo protegerme de todo con sus brazos. Hundió una de sus delicadas manos entre mi rizado cabello y se concentró en penetrar en mi mente y recorrer todos y cada uno de los recovecos de esta para intentar comprenderme y entender mi dolor.
Tuve ganas de gritarle “¡No desnudes mi mente!” pero de lo único que fui capaz fue de enterrar mi cara en la curvatura de su cuello y aferrarme a él con fuerza mientras me desahogaba como no lo había hecho en años.
Lentamente me fui calmando hasta que solo quedaron pequeños temblores. Lestat me separó dulce pero firmemente de él. Abrió el grifo y sacando un pañuelo de encaje de su bolsillo, lo mojó y con toda la ternura de la que poseía me limpió delicadamente la cara.
- Nicolas, mi querido violinista, ¿qué voy a hacer contigo?- dijo sonriéndome mientras se sentaba en la tapa del WC y me abría sus brazos.
- Mi Lelio.- fue lo único que pude susurrar antes de sentarme en su regazo y abrazarme a él.
Noté como Lestat sonreía y comenzó a acunarme a la vez que me acariciaba los rizos.
- Perdoname, Nicolas, te pido perdón por todo el dolor que te he infringido sin darme cuenta.- empezó a decir. Trate de cortarle, pero me acalló con un siseo antes de proseguir.- He sido un egoísta, un necio y un hipócrita al no darme cuenta de ello.
Levanté la cara y me fundí en esos ojos azules que tanto amaba y había añorado durante tanto tiempo que me volvieran a mirar así.
Lestat unió sus labios a los mios y volvimos a besarnos como antaño.
Salimos del baño cogidos de la mano, y tras esperar un poco a que Lestat le dijera unas cosas a Louis, este me dio un ligero beso antes de que mi matalobos y yo nos fuéramos a los asientos reservados del final, donde, a pesar de todavía faltaba una hora para el amanecer, me quedé dormido en sus brazos acunado por su canto.
Vale, estaba bien que hubiera decidido por su cuenta que nos iríamos de viaje junto a Marius, Pandora y Armand a Europa.
Vale, estaba bien que no objetara nada y tuviera que soportar la presencia de Louis pegado a Lestat todo el tiempo.
Pero esto, esto si que no estaba bien, en absoluto.
- Hola, y buenas noches a todos. Mi nombre es Gabrielle y voy a ser vuestra azafata en este vuelo.
Desde que la madre de Lestat había visto por primera vez un avión, había quedado enamorada de estas gigantescas máquinas voladoras, y como se unió al viaje en el último momento, la única forma de que viajara con nosotros había sido desapareciendo a la azafata de primera clase (Pandora se encargó de ella) y así Gabrielle ocupar su lugar.
- Hola mamá.- exclamó Lestat agitando su mano para saludarla
- Cariño, ahora no, estoy trabajando.
Había dos cosas que tampoco me gustaban de este viaje.
La primera es que no entendía porque teníamos que viajar en un avión público, teniendo el avión privado de Lestat. Allí podríamos ser nosotros mismos, ya que sus trabajadores estaban más que acostumbrados a las excentricidades del cantante, y no pasaría nada. Pero gracias a la magnífica intervención de Marius, alegando que un viaje con humanos sería mucho más interesante, nos encontrábamos en un asqueroso avión de Iberia, que a pesar de estar en primera clase, nos rodeaban bastantes mortales, haciendo que el vuelo se tornara insufrible al tener que estar fingiendo incluso en un viaje de placer, como había nombrado Lestat.
Y la segunda, no me gustaba en absoluto como habían sido repartidos los billetes, haciendo que la colocación a la hora de sentarnos resultara, para mi y Armand, horrible. Pandora y Marius viajaban juntos, después Lestat y Louis junto a un humano y después Armand y yo. Obviamente, el pelirrojo y yo no parábamos de lanzar miradas rápidas a los otros asientos, vigilando los movimientos de nuestros compañeros .
Gabrielle terminó con su gran explicación, en la cual dedicó unos minutos en hacer publicidad a su hijo. Tras esto, había tomado con gran responsabilidad su nuevo trabajo como azafata y se ocupaba de todos los ocupantes por igual, aunque, por que ocultarlo, se pasaba cada poco a charlar con Lestat y Louis.
- ¿Quieres un poco?
Giré la cabeza, apartando la mirada de ese rubio para mirar al pelirrojo que tenía a mi lado, que me ofrecía una gelatina de sangre:
- Merci
Se encogió de hombros ofreciéndome una torpe sonrisa antes de comenzar a comerse la suya. Todos estábamos muy agradecidos a Bianca al habernos dado aquella creación suya para el viaje. Al estar frías el sabor no era muy bueno, pero la verdad es que calmaba la sed a una velocidad sorprendente.
El tiempo transcurrió despacio, como intentando deleitarnos con su transcurso siempre rápido para nosotros, excesivamente rápido, y ahora intentara que disfrutáramos de su lentitud.
Me quedé ensimismado durante bastante rato, no por el aburrimiento del viaje, si no para poder controlarme y no mirar cada dos minutos a Louis y su mano entrelazada con la de el que fue mi pareja.
Lo que me sacó de ese sopor, fue un pequeño grito por parte de Pandora. Giré y posé mi mirada en aquella antigua pareja. Nuevamente estaban discutiendo. No sabía como era su relación cotidiana, pero según Sybelle cuando nos despedimos de ella dijo que desde que se planeó este viaje discutían más que antes. Aquello estaba subiendo de volumen, y Marius al percatarse de ello decidió ponerle fin con un “Tú tenías razón” y un beso en los labios de labios de su esposa.
De pronto sentí un leve temblor en mi pierna, y me di cuenta que había sido la rodilla de Armand al moverse. Este tenía los ojos clavados en la pareja, y su mirada era inescrutable, pero por su respiración agitada pude notar su incomodidad.
- Mirarles no te aportara ningún beneficio.- dije tranquilamente
El joven inmortal me miró a los ojos y suspiró:
- Vivo con ellos, esto para mi es pura rutina diaria
Asentí y el hizo lo mismo. Creo que era lo único bueno que estaba rescatando del viaje, el poder sentarme con Armand. Ambos nos entendíamos muy bien, y a pesar de que mi vida estuvo a punto de ser destruida por su culpa, me sentía a gusto junto a él. Su compañía era muy agradable.
Levanté la mano y tomé con delicadeza una de sus ligeras ondulaciones de su suave cabello rojizo y jugueteé con ella dulcemente, mientras Armand cerraba los ojos y sonreía relajándose con la caricia.
En esos momentos costaba creer que hubiera sido el líder del Teatro:
- Si te pones el Mp3 te distraerías un poco.
- Me lo he dejado en la maleta.- murmuró abriendo los ojos
Rebusqué en mis bolsillos y saqué mi Mp4 que aquellas navidades Maharet me había obsequiado, y tras poner música clásica se lo tendí a Armand:
- Gracias Nicolas.- susurró dedicándome una sonrisa inocente mientras se colocaba los cascos mirando por la ventanilla.
Faltaba poco para el amanecer, y a pesar de que Pandora había previsto eso reservando unos asientos al final del avión donde Gabrielle había acomodado para que no penetrara ni una mínima luminosidad y pudiéramos dormir hasta el aterrizaje, me sentí un poco nervioso. Y tal vez por ese mismo nerviosismo me dediqué a mirar cautelosamente a Lestat y Louis más que antes.
He de reconocer que hacen una pareja estupenda. Ambos se complementan perfectamente.
La luz cegadora de Lestat seguía existiendo incluso con más fuerza que antaño, y Louis, a pesar de su negativa y pesimismo, poseía una cálida luz que era como un regalo del cielo que tanto amaba Lestat. En cambio yo, seguía poseyendo la misma oscuridad que buscaba con desesperación la luz del rubio y que esta no necesitaba para nada.
Desde mi regreso del más allá, como llamaban algunos, todos me habían colmado de atenciones y habían esperado pacientemente a que yo solo narrara mi historia de cómo sobreviví a las llamas y volví a la vida. En cuanto Lestat se enteró de mi vuelta, corrió a mi encuentro y me brindó todo su cariño. Pero no era como antes, ni siquiera vivíamos juntos. Pues en todo este tiempo de ausencia, Lestat había estado con mucha gente y ahora su pareja oficial era Louis, como lo había sido durante setenta años junto a Claudia.
Ahora solo me dedicaba sus besos y caricias intimas cuando por algún casual se le apetecía venir a visitarme con la excusa de escucharme tocar el violin. Ahora solo me necesitaba cuando quería placer carnal conmigo y rememorar viejos recuerdos. Para lo demás, su amante era Louis y yo solo era un viejo amigo de su época humana.
Y todo eso, que maquillaba y ocultaba fingiendo simplemente ser mi ironía y cinismo de siempre, se clavaba en mi ser como mil dagas ardientes.
Entonces me percaté de que los azules ojos de él se habían quedado posados en los mios, descubriendo mi espionaje a su animada charla con Louis. Aquellos trozos de cielo me traspasaron. Noté mis ojos humedecerse, y antes de que ningún humano viera teñirse mis mejillas de lágrimas de sangre, me levanté y lo más rápido que pude sin llamar la atención me encerré en el baño.
Me eché agua en la cara para tranquilizarme y respiré hondo, pero cuando me enderecé vi en el espejo como Lestat entraba en el cuarto y cerraba con cerrojo la puerta tras si:
- ¿No puedo tener ni un momento de intimidad en el servicio, Lestat?
- Estabas a punto de llorar
- No es cierto
- Lo es, tenías los ojos mojados
- Mentira
- Nicolas, por favor, no seas crio.- dijo mientras me asía de los hombros y me giraba para mirarnos a los ojos y no a través del reflejo del espejo
- No eres el más propicio en decir esa frase, Príncipe Malcriado
- Oh, Nicolas, por dios, ¿qué te pasa?
No pude callarme más y estalle.
- ¿Qué qué me pasa? Me pasas tú ¡Tú eres el causante de todo! ¡Por tu culpa estoy así! ¡¿Siempre tienes que ser el protagonista de todo?! De todo… de todo… ¡Estoy harto de depender de ti! ¡Qué toda mi existencia la regules tú! ¡Estoy agotado de solo pensar en ti! Ya no lo soporto más… no… no….
Y perdí el control comenzando a llorar amargamente. Ya no podía contenerme más y miles de lágrimas bajaban por mi rostro cayendo a raudales dejándome caminos rojos por mi blanquecina piel.
Odiaba llorar, mostrar mis debilidades, y más si era delante de él. Pero ahora era incapaz de contenerme. No podía parar de llorar. Intenté decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se me estrangularon en la garganta. Comencé a temblar y me abracé a mi mismo como si tuviera frio. Cerré los ojos con fuerza deseando desaparecer.
Escuché decir mi nombre varias veces, pero nada de eso pudo contener mi llanto.
- Lo siento muchísimo, mi vida, perdóname
Aquello hizo que durante unos instantes callara, para después volver todavía con más fuerza.
Era estúpido lo que hacía, yo ya había perdido mi oportunidad hacía muchos años. Le había perdido a él, y ahora le pertenecía a Louis. Lestat nunca me había necesitado, y ahora muchísimo menos. Pero eso no hacía que disminuyera mi dolor.
Entonces me acercó a él y me abrazó con fuerza, queriendo protegerme de todo con sus brazos. Hundió una de sus delicadas manos entre mi rizado cabello y se concentró en penetrar en mi mente y recorrer todos y cada uno de los recovecos de esta para intentar comprenderme y entender mi dolor.
Tuve ganas de gritarle “¡No desnudes mi mente!” pero de lo único que fui capaz fue de enterrar mi cara en la curvatura de su cuello y aferrarme a él con fuerza mientras me desahogaba como no lo había hecho en años.
Lentamente me fui calmando hasta que solo quedaron pequeños temblores. Lestat me separó dulce pero firmemente de él. Abrió el grifo y sacando un pañuelo de encaje de su bolsillo, lo mojó y con toda la ternura de la que poseía me limpió delicadamente la cara.
- Nicolas, mi querido violinista, ¿qué voy a hacer contigo?- dijo sonriéndome mientras se sentaba en la tapa del WC y me abría sus brazos.
- Mi Lelio.- fue lo único que pude susurrar antes de sentarme en su regazo y abrazarme a él.
Noté como Lestat sonreía y comenzó a acunarme a la vez que me acariciaba los rizos.
- Perdoname, Nicolas, te pido perdón por todo el dolor que te he infringido sin darme cuenta.- empezó a decir. Trate de cortarle, pero me acalló con un siseo antes de proseguir.- He sido un egoísta, un necio y un hipócrita al no darme cuenta de ello.
Levanté la cara y me fundí en esos ojos azules que tanto amaba y había añorado durante tanto tiempo que me volvieran a mirar así.
Lestat unió sus labios a los mios y volvimos a besarnos como antaño.
Salimos del baño cogidos de la mano, y tras esperar un poco a que Lestat le dijera unas cosas a Louis, este me dio un ligero beso antes de que mi matalobos y yo nos fuéramos a los asientos reservados del final, donde, a pesar de todavía faltaba una hora para el amanecer, me quedé dormido en sus brazos acunado por su canto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
